El negocio de la salud

Hay pocas cosas en esta vida que importen tanto como la salud. Sin salud no tienes nada más. Ya puedes estar podrido de dinero o ser un tío superfamoso que si no tienes salud no podrás disfrutar nunca de la vida. Al final, todo se vuelve banal al lado de la salud.

Aunque ya había leído este post hace tiempo, lo he vuelto a ver hoy y he querido agregarlo aquí para vuestra atenta lectura. El doctor y premio Nobel de medicina Richard Roberts habla, entre otras cosas, de como la industria de la salud, en su ansia de ganancia permanente, y como es natural a toda industria, deja de lado al ser humano para cronificar nuestras enfermedades, con el único objetivo de ganar más y más cada vez. Pero aunque sea un comportamiento normal en todos los negocios, en este caso concreto se vuelve especialmente tenebroso y humillante para el consumidor. Porque juegan con nuestra vida. Es nuestro cuerpo y nuestra mente la que está en juego, no un ordenador o una lavadora. Nos hacen dependientes de sus medicinas y de esta forma nos quitan otro poquito de libertad para hacernos esclavos de sus productos y de ellos mismos.

Sabemos (o intuímos) que la tecnología está realmente más avanzada de lo que nos hacen creer. Sabemos que se pueden hacer muchas más cosas de las que nos cuentan, pero claro, en muchas ocasiones no tenemos forma de comprobarlo, con lo que nos movemos en una escala de grises poco edificante. Pero al igual que en su día hubo consensos mundiales para erradicar enfermedades como la viruela, hoy ya no la hay para hacer lo mismo con otras como el SIDA (de hecho, el artículo que enlazo es muy interesante ya que da el punto de vista de un médico seropositivo que lleva años con un supuesto SIDA sin problemas de salud). Quiero entender que nosotros, como sociedad, no podemos dejar que esto pase, pero si los propios pilares de la sociedad, las instituciones, son también esclavos de esta forma de pensar, nada puede cambiar en nuestro mundo, al menos no de forma automática. Las cosas sólo han cambiado en el mundo en un formato: revoluciones. Cuando el “establishment” no suelta prenda, los ciudadanos, mal dirigidos muchas veces, han debido levantarse para que se les oiga. Ahora nosotros nos encontramos en una de muchas disyuntivas actuales. La salud es sólo un punto, pero es un punto, al menos en mi opinión, lo suficientemente grave como para ser tenido en cuenta prioritariamente. Los genéricos no son una solución. Sí, son más baratos, pero en realidad nos están vendiendo humo. Actualmente, la producción de medicamentos, especialmente de muchos vendidos por años, supone unos costes mínimos para la industria, pero que mágicamente se convierten en millonarios para los ciudadanos. Cualquier fabricación de un medicamento supone unos centimos para el fabricante (y que no me vengan con los “costes de investigación”, porque en la mayoría de las situaciones la investigación es la justita para producir un medicamento que no cura), pero se transfiere al ciudadano con un valor de euros. Muchas veces nos encontramos con beneficios del 300 o el 500%. Los chinos, jodidos ellos, siguen usando su medicina tradicional, viven con buena salud tantos años como nosotros y usando lo que da la naturaleza, y eso en uno de los casos, si no directamente no se usan cosas como la acupuntura u otros tratamientos alternativos, de probada valía pero denostados sistemáticamente por las instituciones médicas porque son un peligro para su negocio.

Lo que digo es que ya vale, leñe. Que vale, que aceptamos se tratados como marionetas, pero todo tiene un límite. Y yo creo que el primer límite, desde luego, es la salud. Si no ponemos ese límite, nuestra vida no será, ni mucho menos, mejor.

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  1. ¿Sabes que te digo? Que tienes razón.
    La Coru está invadida (y supongo que tu cuidad también) de chinos.
    Y todavía no he visto a ninguno de ellos con un simple catarro. ¡Y pensar que yo no gano para cleenex!

  2. Pues aunque suene a coña, es cierto. Hace poco escuchaba en un documental que en China está creciendo el uso de la medicina occidental y que al tiempo estaba también creciendo el número de enfermos crónicos. Sólo de pensarlo acojona.






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