La sociedad del conocimiento

Leyendo un excelente libro de Manuel Pimentel, Manual del Editor, habla más o menos a menudo de que estamos en una “sociedad del conocimiento”, y que le parece paradójico que estando en una sociedad del conocimiento se compren cada vez menos libros (en mi caso es al revés, compro más que hace unos años). Creo que el señor Pimentel, que como político tuvo todos mis respetos como diputado y ministro (el único que plantó cara a Aznar, y le salió caro), erra en un hecho claro: no estamos en una sociedad del conocimiento, sino de la información o, si se quiere, de la comunicación global. Voy a intentar explicar porqué.

Cuando hablamos de conocimiento hablamos de sabiduría, memoria, sapiencia, etc… Ahora mismo, no hay nada de eso en nuestra sociedad. Partiendo de los chavales y terminando en los mayores, nuestra sociedad lo único que hace es transmitir información, pero no la procesa, no la subsume en el inconsciente colectivo y por lo tanto esa información queda simplemente ahí, anclada en páginas web y, en el peor de los casos, en conversaciones de chat totalmente intranscendentales. La gente no aprende, sólo se comunica, y eso lleva a que el conocimiento no es realmente apreciado en una sociedad como la nuestra. Simplemente pasa por delante nuestro, sin más relevancia que la que ocasionalmente alguien le da en un momento dado. Vivimos en una sociedad de la comunicación, de la transmisión de la información, nada más.

Pero esa información no es procesada, sólo es acumulada en millones de discos duros a la espera de que alguien le saque partido. La gente no tiene interés por saber más, por conocer cosas que desconoce, por descubrir nuevos horizontes en sus vidas más allá de descubrir algún nuevo deporte de riesgo. Para la mayoría de la gente, lo más interesante es saber que va a pasar con Pipi Estrada (tal vez os sorprenda no saber quien es, pero no deberíais sorprenderos, es un don nadie) o con Norma Duval (que si es alguien, muy a nuestro pesar). Nuestra ansia general de conocimiento se reduce, pues, de forma alarmante, al consumo de pequeños paquetes ineptos de información, que no sólo no aportan nada a nuestra vida sino que además nos los meten con calzador queramos o no de cualquiera de las maneras. Estamos saturados de información, sí, pero de información estúpida que no significa nada. Un ejemplo es, sin ir más lejos, el creciente y extraño interés de los medios españoles por el lugar donde pasa las vacaciones Obama. Digo yo, que ni sabía que ZP veraneaba en Lanzarote, y me voy a preocupar por si Obama se va a Martha’s Vineyard (eso sí, el lugar debe ser cojonudo, según sé). En fin, que digo que al menos los que si leemos debemos mantener alto el pabellón y al menos recomendar leer. Yo recomiendo que leais al señor Pimentel, mente preclara de la realidad española, así como El gen egoísta, del no menos inefable Richard Dawkins. Dos buenas razones para quedarse en casa con el aire acondicionado en vez de pasar estos calores inmundos, y eso sí, con buena lectura.

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  1. Pues suscribo casi todo lo que dices.
    En mi caso personal leo muchísimo menos que antes. Y no porque no quiera, sino por que no puedo. Recuerdo que cuando estaba en la facultad, muchas veces me saltaba las infumables clases y me quedaba leyendo en mi casa. Caían los libros uno tras otro. Pero ahora, por falta de tiempo casi ni los toco.Cuando llego a casa estoy tan cansado que si intento ponerme a leer en la cama no duro ni 10 minutos antes de que se me cierren los ojos.
    Supongo que a mucha gente le pasa lo mismo. Son cosas de la vida moderna, y de los horarios laborales, entre otras cosas. Aunque cada uno tendrá su experiencia personal, por supuesto.

    Saludos.

    • No, estoy plenamente de acuerdo. Yo intento sacar tiempo de donde se puede, y la mayoría de las veces termina siendo de noche, es cierto. Es una pena, porque es algo que engancha (ya podrían ser todas las drogas así), pero de donde no hay no se puede sacar. Pero al menos hay que hacer el intento, lo que se pueda. Nuestro desarrollo personal está en juego. Si en vez de ver a tele (a no ser que lo que veas te guste mucho, claro, hablo de ver la tele en modo “zombi”) leyéramos, la sociedad del conocimiento estaría cada vez más cerca.

  2. Pues es cierto. Pero ahora que dices lo de la televisión, es una pena que se haya convertido en lo que es actualmente. Porque si la televisión estuviera bien planteada, podría ser un vehículo extraordinario para difundir la cultura. Desgraciadamente se ha optado por hacerla un instrumento del marketing que se vende al mejor postor, pero eso no tendría porque ser obligatoriamente así. Lo que digo, una pena.

    • Yo me harté tanto que cuando vi televisión digital en casa de mi novia hace ya 9 años, me dije que si pudiera haría lo mismo. Años después contraté cable y hasta ahora no me he arrepentido. A pesar de toda la variedad de canales, al final terminas viendo unos pocos, y yo concretamente Fox para las series, Canal de Historia y Odisea para documentales y algún canal más cuando quiero ver algo en especial (y siempre teniendo en cuenta los canales de cine, por si echan algo interesante). Pero ya prácticamente no paso por los canales en abierto, excepto por Cuatro para las noticias. A los canales en abierto no les interesa emitir conocimiento de ningún tipo, sólo entretenimiento soporífero y atontante para el personal. Y es una espiral de la que no saldremos nunca, tenlo claro. El que quiera algo más cuidado y cultural, se tiene que ir a la televisión de pago impepinablemente (ya ni la 2 cumple esa función como es debido, que ya es decir).

  3. Cannabicultor Nomada

    ¿Qué és la sabiduría? ¿se trata de realizar complejos sistémas de ecuaciones? ¿o tener el conocimiento de la propia identidad del individuo? Hay un fallo en la educcaión ya desde la base, dificilmente se puede cambiar si éste, está en manos de los políticos con estas “democracias”.
    Cada persona interesada buscará el conocimiento en la medida de sus posibilidades.
    Hasta el momento tan solo percibo 2 realidades, la de la iglesia y los naturalistas.
    ¿A quién pertenece el cartel de las farmaceuticas?






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