Como todas las mañanas, Andrew Solthern apuraba su taza de café bien cargado. Como cada día, tendría ocho horas seguidas -sin descanso- de trabajo antes de comer. Se había acostumbrado, y había acostumbrado a su equipo a madrugar, y a trabajar durante toda la mañana. Así podían tener la tarde libre. A la empresa le daba lo mismo mientras trabajasen sus ocho horas de marras. Consecuencia de todo ello era que se habían dotado de un robot de bollería y otro de refrescos -café incluido-, para poder pasar la mañana lo más soportablemente posible. Eran simpáticos. Les llamabas y venían prestos a servirte. A pesar de su forma humanoide, se les reconocía fácilmente. Sobre todo porque su cuerpo no estaba recubierto de ninguna piel. Todo lo que se veía de ellos era metálico. Y aunque causaban cierta simpatía entre los internos, no existía la posibilidad de confundirles… Pero todo eso iba a acabar con el modelo experimental en el que estaban trabajando esta vez. Apuró su taza y se dirigió rápidamente a su despacho. Tenía que revisar unas cuantas cosas antes de que llegase el doctor Fuller, el comisario especial del proyecto internacional de robótica en el que trabajaban. Hoy quería mostrarle los resultados del prototipo. Estaba ansioso, pues era probablemente su mejor trabajo en mucho tiempo. Mientras que en el campo de la robótica prácticamente no quedaba nada por inventar, en cibernética estaban todavía las cosas por llegar, y por eso el proyecto era sumamente importante. Permitiría a las potencias saber hasta donde llegaban los conocimientos sobre electrónica inteligente, que tanto se habían desarrollado los últimos veinte años.

El alemán entró en su despacho saludando fuertemente. Era un hombre de mediana edad, con poco pelo en la mollera, que probablemente huyó para dejar espacio a las neuronas. Era un hombre alto y relativamente fuerte. Andrew siempre pensó que en su juventud debió ser luchador o algo así, a juzgar por su aspecto. Pero lo cierto es que, a pesar de ello, tenía algo que caía bien en la gente. Se sentó frente a la mesa de Andrew y se quedo mirando como este revisaba unos papeles a toda prisa. Cuando hubo terminado, los dos se miraron momentáneamente. Los dos eran hombre de gran experiencia y conocimientos. Mientras que Andrew trabajaba sobre el terreno, Fuller se las tenía que ver todos los días con los burócratas de la ONU, que le insistían constantemente para que avanzasen en los proyectos. Aunque en sus ratos libres tenía tiempo para desarrollar algo de teoría, se encontraba totalmente centrado en el ámbito experimental. Y mentiría como un bellaco si dijese que eso le gustaba.

-Bueno, ya estoy aquí. Espero que tenga algo bueno. En NY no paran de acosarme. Un poco más y el otro día le suelto un sopapo a uno…

-Tranquilo. Si no lo supiera no le haría esperar tanto…

Los dos hombres rieron. Era curioso el nivel de compenetración que podían alcanzar dos personas que trabajaban en el mismo ámbito de la ciencia. Y el caso es que un año antes ni se conocían. En realidad, casi nadie se conocía en persona un año antes allí, aunque por supuesto, todos habían oído hablar de los demás, por poco que fuera.

-Está bien, no le haré esperar más-repuso Andrew-. Acompáñeme. Seguro que le gustará.

-Eso espero. Después de que los japoneses consiguiesen un modelo de cerebro positrónico, nosotros necesitamos más empuje todavía. Y los americanitos tienen prisa, ya sabe.

Lo sabía, claro. En las colonias tenían prisa para todo. Por suerte, gracias a la protección de Fuller, nada de eso llegaba a los laboratorios, con lo que el personal trabajaba con relativa tranquilidad. Recorrieron algunos pasillos hasta llegar a la sala donde realizaban pruebas con el prototipo. Era una sala blanca, con algunos ordenadores, una consola, y delante de esta, una especie de cápsula tubular con un cristal ovoide que dejaba ver el interior. En ese momento, la cápsula estaba a oscuras. Una mujer operaba la consola. Andrew le pidió que encendiese la cápsula, y ante ellos apareció el resultado de las investigaciones del último año: el modelo 9000.

Se trataba de un cyborg con aspecto de mujer. Más concretamente, parecía una señorita de 18 años, pelirroja, atractiva y con un cuerpo perfectamente modelado. En ese momento aparecía solo vestida con un fino sayo blanco que cubría todo su cuerpo. Parecía dormida.

-Ahí está-dijo satisfecho Andrew-. El modelo 9000.

-¿Se puede entrar?-pregunto Fuller, entusiasmado.

-Claro.

Entraron en la cápsula. Fuller preguntó si se podía poner en marcha. Andrew ordenó que se procediese al encendido. La mujer pulsó mecánicamente varios botones y algunas lucecitas se encendieron en la consola. Se escuchó como una especie de generador se ponía en marcha, con su ruido sordo y vago.

-Primera fase terminada.-dijo la operadora.

Andrew se acercó a una consola dentro de la cápsula y a su vez accionó algunas palancas. Más lucecitas aparecieron en su consola, y después bajo una palanca de metal. Algunos cables que sobresalían de la espalda del modelo 9000 comenzaron a temblar. El modelo estaba cobrando vida. Después de unos instantes, Andrew bajó la palanca, cuando uno de los indicadores se puso verde. Se acercó junto a Fuller, que estaba nervioso ante aquello. Mientras los dos hombres miraban el modelo, este comenzó a temblar un poco. Finalmente, abrió los ojos. Los dos científicos la miraban ansiosos, más Fuller que Andrew, puesto que este ya lo había hecho con anterioridad. Pero no dejaba de sentirse orgulloso por eso. El modelo comenzó a mirar con los ojos todo su rededor. No movía un solo músculo, si se les podía llamar así. Sólo los ojos. Se fijo en Andrew y Fuller. Aunque ya había visto a Andrew en alguna ocasión, cada vez que se la desconectaba perdía la memoria almacenada, con lo que no podía recordarle.

-Presentación de modelo.-ordenó Andrew. Esa era la orden para que el modelo expresase todos sus datos técnicos de fabricación.

-Soy el modelo 9000 de Industrias Robóticas Mundiales, modelo experimental XR432 de la cadena L en Europa…

-Muy bien-le corto Andrew-. ¿Como te llamas?

-Modelo 9000 XR432.

-No me gusta el nombre.-dijo Fuller.

-No tiene que gustarle a nadie-le dijo Andrew sorprendido-. Pero si quiere se le puede poner uno.

-Parece tan real que debería tener uno.

-¿Cual le gustaría?

Los dos hombres se pusieron a pensar un nombre. No debía ser muy difícil, pero no querían que fuera un nombre muy convencional. Finalmente, la operadora dijo a través del micrófono.

-¿Por que no Connie?

-Le va bien.-dijo Fuller. Andrew le miró pensativo.

-Esta bien, le pega bastante-Se dirigió a ella y le dijo-. 9000, a partir de ahora te llamarás Connie a efectos de denominación vulgar.

Se escucharon unos cuantos clicks y contestó:

-De acuerdo.

Después se presentaron los dos científicos y la operadora. Andrew le separó del generador y le ordenó levantarse. La operación se realizó rápidamente. Cuando le ordenó que se dirigiese hacia ellos, lo hizo, pero realmente no era un gusto verle andar. Se movía a trompicones, mecánicamente, sin la más mínima naturalidad. Tenía el mismo defecto que el robot de bollería, que tenía piernas.

-Le soltaré un poco las articulaciones, pero más adelante. Quiero ver si es capaz de ajustarse ella misma.

-Estoy impresionado, Andrew. Espero que el resto del experimento siga por este camino.

-Estoy seguro de que todo saldrá bien, doctor-dijo, saliendo de la cápsula-. Ahora la mantendremos despierta durante un largo periodo de tiempo. Queremos ver como acumula conocimientos y experiencia, y en que medida lo hace. No es un cerebro positrónico, pero puede almacenar hasta treinta petabytes de información.

-¿Cuanto puede durar eso?

-A un ritmo normal, unos dos años. Después, resetea.

Llevaron a Connie hasta el despacho de Andrew, paseándola a la vista de todos, que aplaudieron al verla pasar. Era la demostración de que occidente estaba de nuevo en la vanguardia de la tecnología. Algunos ya estaban preparando una fiesta para esa misma noche, a lo cual Andrew aviso que no se animasen tanto, que ahora entraban en la fase de pruebas. Fuller comentó que podía darse ese día como perdido. No muy convencido, Andrew dio el día libre a todo el mundo, con lo que lógicamente todos quedaron aún más contentos.

(Continuará…)

(Copyright 2009 Marcos Legido Hernández)

Safe Creative #0907304179879

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  1. Connie… Constance. Es bonito el nombre, pero me joroba esa manía masculina de poner robots o ciborgs o lo que sean con cuerpo perfecto de mujer.
    ¡Con lo bonita que es la celulitis!

    • Vaya, yo esperaba otra crítica… XD El detalle del cuerpo “perfecto” tiene varias motivaciones, no es una cuestión puramente estética. Yo tengo una obsesión (sana) y son las mujeres. La mayoría de los artistas que me gustan y sigo habitualmente son mujeres (excepción hecha de Harrison Ford y Brad Pitt), tanto en el cine, la música y otras lides. Las protagonistas de mis historias suelen ser, en un 90% de los casos, mujeres, y son los personajes femeninos los que terminan teniendo mayor relevancia. Y hay otras razones, como el hecho de que el cyborg es la sublimación de la perfección humana. No tiene sentido (desde mi punto de vista al menos) hacer un cyborg protagonista de una historia y que sea feo, excepción hecha de Wall-E… XD (bueno, no es un cyborg, pero vale). En fin, seguiré enumerando mis neuras más adelante, pero quede esto como adelanto.




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