(Viene de Connie (II))

Unos meses más tarde, llegó al laboratorio un periodista amigo de Andrew que le había pedido una entrevista a raíz de que, inexplicablemente (y sin que Fuller pudiera hacer nada), parte de las investigaciones se habían hecho publicas. En principio eso no debía enturbiar el estado de los trabajos, pero de todas formas era un amigo de la universidad al que no le pudo decir que no. Sabía que no debía, pero quería ver si los últimos trabajos con Connie eran un éxito. Y lo probaría con su amigo.

-Veo que te lo has montado muy bien, chico… En la universidad no tomabas tanto café…

Los dos rieron la gracia. Se encontraban en la sala de reuniones. Allí había una mujer preparando café mientras ellos recordaban los viejos tiempos.

-Bueno, dime que pasa aquí, porque se que pasa algo, y no me lo niegues… No sé lo niegues a tu colega de planta, ¿Eh?

-No podría ser capaz…-dijo Andrew con sorna-Tu fuiste el capullo que descubriste nuestro experimento “sorpresa” de último año.

-¡Sí! ¡Fue muy divertido! Sólo ver vuestra cara cuando el rector os arengaba era mejor que una televisión de pago… Pero no me cambies de tema. Ya sabes a que he venido.

-Sí, claro. Pero espero que no pretendas que te cuente nada especial. Ya es bastante que haya salido a la luz que trabajamos con un modelo experimental. Le tendieron una encerrona a Fuller.

-Ya lo sé. Sabes que hay mucho bastardo en mi profesión. Reconozco que la jugada estuvo bien, pero fue bastante ruin.

-¿Quieres tomar algo?-Dijo Andrew a sabiendas de lo que contestaría.

-Sí, me vendría bien un café…

-Connie, por favor, tráiganos un par de cafés con leche.

Connie preparo los cafés como le habían ordenado. El periodista se dio cuenta de que los movimientos, aunque suaves, eran extremadamente precisos. Normalmente una mujer normal no era capaz de poner café en la cafetera y sacar las tazas al mismo tiempo de la alacena. Entonces pensó que tal vez podría tratarse de una broma de Andrew: quería que viese el modelo sin que se diese cuenta. Pero él iba a intentar algo.

Cuando Connie se acercaba con las tazas y se apostó al lado del periodista, este se levantó de repente, haciendo que el café se derramase sobre su traje. El resultado no fue el esperado: el modelo no reaccionó a tiempo y su americana sufrió las consecuencias. Asqueado por como se habían desarrollado las cosas (y un poco desilusionado, pues pensaba que podría tratarse del modelo experimental), no se le ocurrió otra cosa que decir:

-¡Idiota! ¿Se puede saber que hace?

Connie retrocedió un par de pasos, con los brazos cayéndole a lo largo del cuerpo. Estaba inmóvil. No sabía reaccionar ante aquel suceso. Andrew notó que temblaba. Se dio cuenta de que había sido un shock para ella.

-Connie, espera, tranquilízate…

Sin mediar una palabra, Connie salió de la habitación espantada. El visitante miró a Andrew, confundido.

-Era… ¿Era el modelo?

-Sí.-obtuvo por toda respuesta.

Aquel día fue frenético. Connie había desaparecido. Todos los miembros del equipo, incluido el personal de mantenimiento, buscaban desesperadamente al cyborg. Andrew tenía pensamientos confusos sobre ella. Le habían incorporado una orden de auto-apagado. Equivalía al suicidio. Pero esperaba que su nivel de confusión no fuese tan elevado como para llegar a esos extremos.

Últimamente, Connie había dado muestras de entender el hecho de la vida. Cuando uno de los técnicos mató una mosca que le molestaba, Connie se lo reprochó, diciéndole que la mosca también tenía derecho a vivir. Aunque eso no impresionó a nadie, puesto que la naturalidad de Connie ya era algo que se daba por hecho, el suceso en si tenía importantes consecuencias. Nadie se dio cuenta de eso en su momento de eso, claro. Pero ahora esas imágenes corrían velozmente por la memoria de Andrew, echándose la culpa de no percatarse antes de ello. Cuando ya habían pasado varias horas desde la desaparición, nadie se explicaba como podía haberse escondido tan bien. El periodista, causante al fin y al cabo de ese caos, decidió internarse por un hueco que parecía un armario. Se dio cuenta del error cuando perdió toda noción de superficie sobre la que apoyarse: era el conducto de la basura.

Tras un corto viaje donde la tónica fue la emisión de un sordo pero estruendoso (y al tiempo inaudible desde fuera) aullido, sus posaderas dieron a parar encima de todas las bolsas de inmundicia del laboratorio. Esperaba no encontrarse con jeringuillas o cosas así. Tras caminar un poco en busca de una salida, toco algo que se aparto al instante. Se detuvo, temeroso de que alguna rata se decidiera a hincarle el diente. Aquellos segundos de espera se le hicieron eternos. Se acordó hasta de lo que no estaba escrito. Las gotas de sudor resbalaban rápidamente por su piel. No sabía que las uñas podían sudar… Miró hacia abajo, y en la penumbra vio… A Connie, acurrucada con la cabeza entre las piernas. Se arrodilló delante de ella y sacó torpemente un mechero de la chaqueta. Lo encendió y vio que se trataba de ella. Acercó su brazo libre para intentar levantarle la cabeza, pero no pudo. Por más fuerza que hacía, no podía moverla un ápice. Cansado, apagó el mechero y se sentó delante de ella. A pesar de que se trataba de un ingenio sofisticadísimo, en realidad era como un niño. Sabía hablar, podía defenderse como un maestro de artes marciales, pensaba como un adulto y era capaz de crear ideas a partir de las experiencias vividas. Pero psicológicamente era una niña. Su insulto le había afectado más de lo que podía imaginar. Aunque cuando lo dijo no pensó en las consecuencias. Se quedó un rato mirándola. Pero ella seguía inerme. Ni siquiera se oían los clicks que decían que emitía al pensar. En realidad comprendió como se debía sentir.

-Sabes… Siento haberte dicho eso entonces. No pensé que podía afectarte de esta forma… Tiene narices, estoy hablando con un robot…-se detuvo y repensó sus palabras. ¿Le habría afectado que le llamase robot?

-Michael.

Había dicho su nombre. Sin ni siquiera habérselo dicho. Estaba estupefacto. ¿Se lo habría dicho Andrew? No lo sabia, pero en todo caso le había reconocido, a pesar de la oscuridad. En fin, a lo mejor era normal… Múltiples pensamientos enceguecieron su entendimiento por unos instantes. Le era imposible pensar con claridad en todo ello.

-Michael.

-¿Sí?-respondió aletargado el hombre.

-Está perdonado.

Un par de horas después les descubrieron y les sacaron del montón de cáscaras de plátano en el que estaban sumergidos. Connie ascendió feliz de los infiernos, mientras que Michael aún estaba ensimismado en sus pensamientos. Cuando llegó Andrew y vio que estaban bien, miro a Michael enfadado. Este clavo sus ojos en los de su amigo y le dijo:

-Me ha perdonado.

Aquello fue fulminante para Andrew. Connie había conseguido la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo. Pero eso no era lo más impresionante. Sabía que cuando alguien hace algo malo, había que perdonarle. Los dos se contemplaron en silencio, sin saber que decir.

Dos días antes de que llegase a término su tiempo de vida, Connie entró en el despacho de Andrew y le pidió hablar con el. Los dos se sentaron en el sofá.

-Señor Solthern, tengo dudas sobre algo que siento.

-Dime, ¿Qué es?

-Tengo la sensación de que algo va a pasar dentro de poco. No se explicarlo bien…-algunos clicks sonaron en su cabeza-Pero siento que me va a pasar algo pronto.

Andrew lo comprendió perfectamente. La memoria flash estaba llegando a su límite, y en ese momento resetearía. Algo comenzó a invadir su corazón. Era una comezón que le sumió de repente en una profunda tristeza. Comenzaba a sentir que dentro de poco la Connie que conocía desaparecería. Todo lo que se había acumulado se perdería para siempre, y vuelta a empezar. Ya no importaría que se llamase Connie o Jessica: ya no sería la misma persona. Sus sentimientos no serían los mismos, no le reconocería como su jefe y su amigo. No podría usar los buenos y los malos momentos para crear una personalidad y un carácter que le serian propios. Iba a morir. En ese momento las lágrimas comenzaron a invadirle los ojos, y tuvo que cerrarlos para que ella no lo viese.

-No esté triste, doctor. Se que ustedes me pueden recuperar después. Todo volverá a ser igual.

Pero él sabía que no. Ya no recordaría el episodio de la fotocopiadora, el de la mosca, el del insulto… Se secó las lágrimas como pudo y la miró. Vio como su rostro estaba enjuto. Quería romper a llorar pero no podía.

-Recuérdame… Que la próxima vez puedas llorar…-le dijo tocándole el rostro.

Y los dos lloraron en silencio.

Una semana después apareció Fuller en la oficina de Andrew como era su costumbre, pesaroso pero afable. Su gran corpachón era difícil de mover, pero era de suponer que había aprendido a hacerlo sin muchos problemas. Se sentó delante de Andrew mientras este repasaba los papeles rápidamente. Cuando termino, miro al científico metido a burócrata, y le sonrió.

-¿Por que sonríe?-pregunto sorprendido Fuller.

-No sé… Recordaba.

Fuller le miro a su vez complacido. Andrew se había recuperado del shock que le supuso perder a Connie.

-¿Me la va a enseñar otra vez?

-Claro, venga.

Los dos volvieron a la sala de la cabina ovoide, y allí estaba el modelo 9000, desconectado. Entraron en la cabina y se detuvieron unos segundos ante él en silencio.

-Es curioso verla así ahora, ¿No?

-La verdad es que si. Si quiere, podemos volver a conectarla.

-Si, me gustaría.

Después de todo el proceso de encendido, los pitidos, luces y clicks debidos, los ojos del modelo volvieron a encenderse. Pero Fuller se fijo en un detalle: al contrario que Connie, este modelo despertó con una mueca sonriente. Fuller miró perplejo a Andrew.

-No sé, se lo debía…

FIN.

(Copyright 2009 Marcos Legido Hernández)

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